Una atmósfera extremadamente relajante impregna cada rincón de esta mansión típica sevillana, construida en los siglos XVIII y XIX, en pleno barrio del Arenal. Su patio central abierto, cubierto ligeramente con cristal y rebosante de helechos, ofrece sus mullidas butacas para pausas llenas de serenidad alrededor de una bellísima fuente con busto de mármol. Desde una gran escalera, a través de diversos pasillos salpicados con mobiliario de época y vitrinas repletas de piezas de plata, se llega hasta las habitaciones, que también responden al gusto tradicional. Algunas de ellas exhiben paredes alicatadas a base de azulejos de relieve muy antiguos, mobiliario centenario de calidad, buenos cuadros, selectas porcelanas y balcones a la calle. Y es que en este pequeño hotel con gran solera no hay dos habitaciones iguales y el ambiente cargado de romanticismo andaluz es único en la hermosa Sevilla.